viernes, 18 de abril de 2008

TERUEL INTERIOR, UN PAISAJE CON FUTURO


Un artículo publicado en la revista Trébede por F. Llobera y J. Hernández -“Celtiberia: redefinición de un espacio de profundo pasado, oscuro presente y ¿esperanzador futuro?”- planteaba la interpretación del paisaje siguiendo tres enfoques: el espacio visual formado por una porción del territorio, la percepción de ese territorio y el hombre.
El TERUEL INTERIOR, sobre el que el Colectivo Sollavientos pretende trabajar, encaja perfectamente en el modelo de Celtiberia propuesto en dicho artículo, tanto desde una perspectiva meramente estética como geográfica. Se trata de un territorio ubicado en el altiplano, un páramo desnudo o con dispersos y abiertos sabinares, carrascales relictos o bosques galería de chopos en torno a ríos y arroyos; un yermo demográfico, con densidades en torno a los 3 hab/km2, donde apenas ha llegado la industrialización. Una tierra que para algunos es sinónimo de olvido, pero que guarda celosamente la memoria de una larga trayectoria histórica iniciada antes de los íberos. Y es esa historia la que ha conformado la imagen de un paisaje con el que nos identificamos, al que vinculamos nuestra identidad cultural, y al que en muchas ocasiones nos retiramos a reflexionar en busca de nuestras raíces. No hemos de olvidar que en breve tiempo se ha pasado de la concepción clásica que entendía el paisaje como simple trasfondo escénico de la actividad humana al concepto actual de “un bien cultural, un recurso patrimonial que conviene gestionar racionalmente”.
Estas estepas desarboladas del altiplano tienen unos rasgos estéticos difíciles de asimilar para muchas personas, de acuerdo con los cánones del paisaje ajardinado inglés, con grandes árboles dispersos en un mosaico de césped. Si bien hemos de reconocer que la deforestación incrementó la erosión de laderas, el hombre que la provocó también afrontó el reto de vivir en un territorio difícil, adoptando una serie de pautas correctoras en busca de esa simbiosis inteligente ser humano/medio, como son las técnicas de cultivo rotatorio, el aterrazamiento de laderas sujetas por muros de piedra seca o la asociación agricultura/ganadería. Es esta sabiduría popular, este modo de hacer y estas infraestructuras lo que actualmente corre el riesgo de desaparecer por una mala gestión del territorio, favoreciendo de nuevo la erosión, perjudicando la recolonización natural de los campos abandonados y degradando el paisaje.
No están lejanos aquellos intentos del Patrimonio Forestal del Estado, de los que han quedado pequeños retazos de pinares repoblados, y que en muchos casos generaron conflictos sociales con el uso tradicional del territorio. Allí donde no han evolucionado hacia el bosque maderero que se pretendía, quizás hoy se podría pensar en experimentar para naturalizar esas repoblaciones. Dada la experiencia, más que plantearse el poblar de bosques estas parameras, quizá sería más acertado recuperar setos naturales entre cultivos, pequeñas alamedas en torno a fuentes y arroyos, gestionar carrascales y sabinares hoy conservados, con el fin de compaginar con ellos una agricultura y una ganadería tan responsables en este paisaje y tan necesarias para el mantenimiento de la biodiversidad.
Quiero apostar por que las gentes que habitan estos páramos sean las primeras en identificarse con su paisaje. Aquí han encontrado sus medios de subsistencia, su marco vital, “su lugar en el mundo”. En un planeta amenazado por el cambio climático y la crisis global de los recursos naturales, el aforismo de E.F. Schumacher (“lo pequeño es hermoso”) cobra todo su sentido en el Teruel interior: “nuestro paisaje es hermoso”.

Angel Marco Barea

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